Por
primera vez en aquel triste y solitario pueblo de la provincia de León había un
hombre joven y guapo. No llegaba a los treinta años. Su pelo rubio ondeaba al
viento y su esbelta figura podía verse aun ataviado en ese formal atuendo.
Como
cada mañana, Micaela llegó a su trabajo en el que estaba desde hacía poco más
de un año. Se dedicaba a limpiar una fascinante Iglesia de estilo Gótico y
barroco del siglo XIV para poder pagarse su carrera como peluquera.
Llegó
a la puerta y vio que uno de los curas esperaba a que le abrieran también.
―Buenos
días, Padre ―le saludó ella haciendo casi una reverencia.
―Buenos
día ―las palabras le quedaron atragantadas, pero se obligó a decirlas―… hija.
A
Micaela le comenzaron a rondar unos extraños hormigueos por todo el cuerpo al
ver a aquel hombre vestido de cura. Lo había visto el día anterior cuando llegó
al pueblo con una enorme maleta. Iba vestido normal y por eso jamás se imaginó
que podría ser un… ―un cura― pensó.
Era
un hombre hermoso, joven. El corazón de Micaela dio un vuelco aquella noche,
pero esta mañana al verlo así…
―Buenos
días ―dijo Graciela interrumpiendo los pensamientos de Micaela.
―Buenos
días ―saludaron Micaela y el cura.
En
voz baja Graciela le preguntó a su compañera de trabajo ― ¿Qué tal tu cita de
anoche?
―Emm,
humm ―Micaela dudaba si contarlo delante del Padre, quien se veía extrañamente
interesado en la conversación―. La verdad es que a las once de la noche ya
estaba en casa.
―
¿Tan mal fue?
―Pésimo,
el típico idiota que se cree un listillo.
―Entiendo
―decía Graciela mientras le propinaba codazos señalando al Padre.
Tras
un breve silencio Graciela preguntó ― ¿Es usted, Padre, el nuevo párroco? ―él
asintió brevemente.
―Estoy
empezando, por eso me asignaron aquí.
En
ese preciso instante Carina abrió la puerta y los tres entraron al recinto.
―Una
pena que sea cura ―comentó Micaela cuando se estaban vistiendo para empezar a
trabajar.
―La
verdad es que si, aunque en la forma que te miraba eso no parece importarle
demasiado.
―No
seas boba, Gra.
―Venga
Mica, que no eres creyente y estoy segura de que tu presencia silenciosa era
por el papas… Padre ―dijo riendo.
―Vamos
que al final entraremos tarde.
Micaela
despertó jadeando, sudorosa y húmeda. Aún podía sentir las cálidas manos del
hombre del que no sabía su nombre.
Le
quemaba el cuerpo por ahí donde habían pasado sus manos, sentía la boca
inflamada por los besos y su centro palpitaba deseoso.
―
¡Mierda! ―maldijo una y otra vez por haber soñado con aquel hombre prohibido.
Los
días pasaban más rápidos de lo que Micaela deseaba. Cada mañana que se cruzaba
con el Padre era una pequeña tortura para ella, ese hombre se había adueñado de
cada uno de sus sueños más íntimos y húmedos.
Para
el Padre las cosas no estaban resultando muy fáciles que digamos. Las jóvenes y
solteras mujeres del pueblo iban a misa y a confesarse con él, además de
insinuársele con autentico descaro.
Todas
acudían a él, salvo ella. Esa mujer a la que sólo veía un rato por las mañanas
pero que había conseguido que su vocación se convirtiera en una autentica
pesadilla.
Habían
transcurrido ya varios meses cuando la Navidad llegó. Micaela estaba absorbida
por el trabajo y los estudios, casi no se daba respiros para descansar y mucho
menos para divertirte, había dejado de tener inútiles citas con hombres… pero
todo ello era por aquel hombre que la hacía perder la cabeza.
La
gente de la Iglesia había organizado una magnifica cena para celebrar la
Navidad y la pronta llegada del nuevo año.
Micaela
acudió con un sexy pero muy discreto vestido de color rojo carmesí, en palabra
de honor y corto hasta por encima de las rodillas. Era sencillo, pero le
quedaba tan perfecto que podía levantar suspiros incluso entre las mujeres.
Al
entrar al salón donde se haría la cena nadie se giró a mirarla, no llamaba
demasiado la atención, pero a él no le pasó por desapercibido su llegada. Se
quedó mirándola, con sus ojos azules clavados en su magnífico cuerpo.
Ella
notó como un par de ojos se centraban en ella y los vio, sus miradas se
cruzaron en ese preciso instante en que él la devorada con su cristalina
mirada.
Micaela
se acercó a saludar y se estremeció cuando los labios del Padre tocaron sus
mejillas. Sintió como la electricidad atravesaba su cuerpo y se instalaba en el
centro de su ser.
La
cena fue increíble, se divirtió como hacía tiempo que no lo hacía. Recibió
muchos halagos por su vestido y más aún porque al final había acabado su
carrera, lo cual significada que en breve dejaría de trabajar en la iglesia
para trabajar de lo suyo.
Al
cura se le compungió el corazón al saberse lejos de aquella mujer, sin poder
verla cada mañana y disfrutar de su precioso aroma a fresas.
―Micaela
―gritó aquella voz aterciopelada ―. Espera.
Ella
se giró lentamente y allí estaba él, con su traje oscuro, su camisa blanca y su
pelo rubio ondeando en el aire, dedicándole ráfagas de su colonia varonil.
―Dígame,
Padre.
―Leonardo
―ella se quedó con cara de no entenderlo―, llámame Leonardo por favor. O Leo,
si lo prefieres ―ella seguía mirándolo perpleja, sin entender porque él había
corrido hasta ella mientras se iba a casa ―. Estaba pensando, si no te molesta,
en acompañarte a casa. Ya sabes, es tarde y no hay mucha gente por aquí hoy.
―Tranquilo,
Pad… Leonardo ―se corrigió de inmediato―. Estoy acostumbrada a caminar sola por
estas calles, no hay peligro. Gracias igualmente.
Leonardo
sintió una punzada en el corazón por el rechazo ― ¿Aún así me permitirías que
te acompañe?
―Claro,
hay una noche hermosa para caminar.
Estuvieron
un largo rato sin decir nada, como si ninguno se atreviera a romper el cómodo
silencio, con miedo a decir algo que arruinara el momento en que tanto
disfrutaban de la compañía del otro.
Finalmente
fue él quien interrumpió el silencio.
―Así
que en breve nos dejaras. Me alegra mucho que por fin acabarás tu carrera, pero
he de decirte que echaré en falta tu presencia matinal ―¿de verdad había dicho
aquello?. Se odiaba por haberle confesado algo tan íntimo y tan… verdadero. Se
sintió furioso consigo mismo y también con la mujer que le hacía perder la poca
cordura que quedaba en él.
―Aún
me queda un tiempo de dar guerra por aquí, al menos hasta que consiga un
trabajo como peluquera.
―La
verdad es que yo estoy necesitando un corte de pelo ¿Qué te parece pasarte
mañana a cortarme el pelo?
―Estooo…
claro, no hay problema.
Micaela
notaba como la mirada de Leonardo la quemaba desde fuera hacia dentro, sentía
las llamas de su infierno personal e intimo. Detestaba sentir aquello por un
hombre que jamás podría… se sacudió la cabeza para alejar esas absurdas ideas.
―Bueno,
hemos llegado. Gracias por haberme acompañado.
―Un
placer. Te espero mañana sobre las siete de la tarde ¿te parece bien?
―Sí,
perfecto.
Él
se acercó y le dio un beso breve en la comisura de la boca. Ella contuvo el
aliento estoicamente mientras el corazón le latía con fuerza y su sexo se
humedecía con impaciencia.
Por
la noche volvió a tener el sueño que tanto la atormentaba. Nuevamente se
despertó empapada en sudor y en su propio placer. El beso que el Padre Leonardo
le había dado sólo consiguió volverla aún más loca. La novedad es que ahora
sabía su nombre y que por primera vez se despertó por el grito de su nombre.
Sabía
que no era una buena idea que fuese a cortarle el pelo en la intimidad de su
casa, pero ya le había dicho que si y unos euros extras le vendrían de
maravillas.
El
día le pasó tan rápido que por poco llega tarde a la casa de Leonardo, que
difícil y sencillo a la vez se le hacía llamarlo por su nombre. Sencillo porque
ansiaba gritar su nombre mientras él le hacía el amor en sus sueños. Difícil
porque mientras lo llamaba Padre le parecía más… intocable e imposible, lo cual
facilitaba la tarea de quitárselo de la cabeza, aunque en todos esos meses no
lo consiguiera.
Golpeó
la puerta con tres suaves toques y él abrió de inmediato; llevaba unos pantalones
vaqueros y una camisa a cuadros, así vestido a Micaela se le olvidaba
fácilmente que se trataba de un hombre religioso y que hacia celibato.
―Hola,
Leonardo.
―Hola.
Pasa que estará helada ahí fuera ―lo cierto era que estaba helada hasta el
momento en que lo vio, que su temperatura corporal subió, rompiendo todos sus
termostatos.
Le
corto el pelo con rapidez y agilidad, dejándolo maravillado con el tacto de sus
suaves manos femeninas.
Estuvieron
charlando un rato hasta que ella decidió que lo mejor era irse, era ya la hora
de la cena.
―
¿Por qué no te quedas a cenar conmigo? Es aburrido cenar siempre solo y algo de
compañía estaría genial.
―Yo
no quiero molestarte.
―Desde
luego que no me molestas, estaré encantado.
Mientras
él hacía la cena ella se acercó a la cocina ― ¿Puedo ayudarte con algo? ―
preguntó con cierta timidez.
―Tranquila,
tengo todo controlado ―se acercó a la cocina y le estiró una lata de refresco―
¿prefieres vino?
―No,
no bebo. Un refresco está bien. Gracias.
Sus
manos hicieron contacto y la electricidad hizo estragos en los cuerpos de
ambos. El dejó su mano en la de ella, saboreando ese mágico momento.
Micaela
cerró los ojos al tiempo que Leonardo la acercaba a su cuerpo y le daba un beso
en los labios, un beso cargado de deseo.
―Yo… es mejor que me vaya ―dijo Micaela
apartándose abruptamente.
―Lo
siento. Por favor, no te vayas.
―Será
lo mejor.
―He
sido un imbécil al creer que tu… al hacer esto, lo siento de verdad.
―Está
bien, no pasa nada, es solo que yo ―no sabía cómo expresarse, no hallaba las
palabras correctas―… no sé durante cuánto tiempo podría contenerme.
Él
clavo sus ojos color cielo en las dos suaves esmeraldas de Micaela. Se acercó
con pasos firmes, pero cautelosos. La tomó por la cintura, haciéndola
estremecer y le dio un beso urgente.
―Esto
no está bien ―pudo decir ella, aún pegada a sus labios.
El
beso se hizo más urgente, lujurioso y con una vehemencia extrema.
Micaela
enlazó sus manos al fino cuello del hombre que tantas noches le había robado
los sueños. Esas manos con las que tanto había soñado eran las que ahora
tocaban su espina dorsal.
―No
te imaginas cuanto te deseo, Micaela. Me odio por sentir esto, pero es algo que
ya no puedo parar ni negar, tampoco quiero hacerlo.
Las
manos de Leonardo se pegaron al trasero de ella, con unas caricias propias de
un amante experto y la ternura de un hombre dulce y tierno.
Ella
se iba humedeciendo cada vez más y la cosa empeoró cuando él tocó sus pechos.
Quitó su camiseta por encima de la cabeza, dejando los pechos al descubierto.
Su
lengua jugó con el pezón endurecido de aquella mujer a la que tanto deseaba.
Sus manos recorrían el cuerpo con impaciencia y su miembro estaba tan duro como
una lanza, preparado para la lucha que tendría lugar.
La
levantó poniéndola sobre sus caderas y ella entrelazó sus piernas. Sin dejar de
besarla ni un segundo la llevó hasta su habitación, dónde una cama para dos los
estaba esperando; una cama en la que él tantas noches había soñado con
poseerla.
La
tumbó sobre los aposentos; la desnudo con suma tranquilidad, disfrutando cada
centímetro de ese perfecto cuerpo de mujer.
Micaela
se incorporó un poco, lo justo para quedar lo suficientemente cerca y
desabrocharle los pantalones. Quedó maravillada cuando vio la virilidad que ese
hombre ocultaba bajo sus pantalones y normalmente bajo esa indeseada sotana
religiosa.
Delineó
sus abdominales con manos temblorosas. Él se tumbó sobre ella con un cuidado
que sólo demostraba el amor que le profesada en silencio desde hacía meses a
esa joven.
Besó
su cuello, sus pechos y bajó hasta su ombligo ―Que Dios se apiadará de su alma
―pensó Leonardo para sí. Dibujo la forma del ombligo con su lengua, jugando con
el piercing que ella llevaba ahí.
Esa
lengua de fuego siguió el camino hasta la parte más íntima y femenina de Micaela.
Dio húmedos lametazos, haciendo las delicias de ella.
La
chica arqueaba su cintura, le amarraba el pelo pegándolo más a su sexo húmedo y
caliente.
Subió
nuevamente con su lengua y le depositó finos besos en el lóbulo de la oreja
―eres exquisita― susurró en su oído. Con una mano le masajeaba el clítoris.
Ella
tomó su virilidad con ambas manos, subiendo y bajando en lánguidos movimientos.
Leonardo gemía ―Micaela― y ella aceleraba el ritmo.
Él
no aguantó más la tortura de tenerla tan cerca y no estar dentro. La besó en la
boca, sus lenguas danzaron durante largos segundos.
Sin
perder el beso, con total calma él la penetró… llevando su miembro hasta lo más
profundo del ser de su amante.
Ella
movía las caderas, impaciente por más, deseando que aquel pene se quedará por
siempre en su cuerpo, desarmando todo aquello que conocía de las artes del
amor.
Leonardo
se quedó entre los muslos de ella durante unos dulces minutos en los que su
pelvis no paró de moverse hasta que por fin los fluidos de ambos se unieron en
total armonía.
Cayeron
rendido en la cama, agotados y empapados de sudor.
Él
la cobijó en sus brazos y así se durmieron ―Que Dios los ayudará a partir de
ahora―.