domingo, 6 de mayo de 2012

Ya disponible la antología!!!

Con motivo de nuestro segundo aniversario (que es mañana), he puesto en descarga GRATUITA la antología de relatos; con los más comentados en estos dos años.. y uno inédito de Lord Baltimore.
Espero lo disfruten y me hagan saber su opinión.
DESCARGA AQUÍ

jueves, 3 de mayo de 2012

El cura.... Jud



Por primera vez en aquel triste y solitario pueblo de la provincia de León había un hombre joven y guapo. No llegaba a los treinta años. Su pelo rubio ondeaba al viento y su esbelta figura podía verse aun ataviado en ese formal atuendo.
Como cada mañana, Micaela llegó a su trabajo en el que estaba desde hacía poco más de un año. Se dedicaba a limpiar una fascinante Iglesia de estilo Gótico y barroco del siglo XIV para poder pagarse su carrera como peluquera.
Llegó a la puerta y vio que uno de los curas esperaba a que le abrieran también.
―Buenos días, Padre ―le saludó ella haciendo casi una reverencia.
―Buenos día ―las palabras le quedaron atragantadas, pero se obligó a decirlas­―… hija.
A Micaela le comenzaron a rondar unos extraños hormigueos por todo el cuerpo al ver a aquel hombre vestido de cura. Lo había visto el día anterior cuando llegó al pueblo con una enorme maleta. Iba vestido normal y por eso jamás se imaginó que podría ser un… ―un cura― pensó.
Era un hombre hermoso, joven. El corazón de Micaela dio un vuelco aquella noche, pero esta mañana al verlo así…
―Buenos días ―dijo Graciela interrumpiendo los pensamientos de Micaela.
―Buenos días ―saludaron Micaela y el cura.
En voz baja Graciela le preguntó a su compañera de trabajo ― ¿Qué tal tu cita de anoche?
―Emm, humm ―Micaela dudaba si contarlo delante del Padre, quien se veía extrañamente interesado en la conversación―. La verdad es que a las once de la noche ya estaba en casa.
― ¿Tan mal fue?
―Pésimo, el típico idiota que se cree un listillo.
―Entiendo ―decía Graciela mientras le propinaba codazos señalando al Padre.
Tras un breve silencio Graciela preguntó ― ¿Es usted, Padre, el nuevo párroco? ―él asintió brevemente.
―Estoy empezando, por eso me asignaron aquí.
En ese preciso instante Carina abrió la puerta y los tres entraron al recinto.
―Una pena que sea cura ―comentó Micaela cuando se estaban vistiendo para empezar a trabajar.
―La verdad es que si, aunque en la forma que te miraba eso no parece importarle demasiado.
―No seas boba, Gra.
―Venga Mica, que no eres creyente y estoy segura de que tu presencia silenciosa era por el papas… Padre ―dijo riendo.
―Vamos que al final entraremos tarde.

Micaela despertó jadeando, sudorosa y húmeda. Aún podía sentir las cálidas manos del hombre del que no sabía su nombre.
Le quemaba el cuerpo por ahí donde habían pasado sus manos, sentía la boca inflamada por los besos y su centro palpitaba deseoso.
― ¡Mierda! ―maldijo una y otra vez por haber soñado con aquel hombre prohibido.

Los días pasaban más rápidos de lo que Micaela deseaba. Cada mañana que se cruzaba con el Padre era una pequeña tortura para ella, ese hombre se había adueñado de cada uno de sus sueños más íntimos y húmedos.
Para el Padre las cosas no estaban resultando muy fáciles que digamos. Las jóvenes y solteras mujeres del pueblo iban a misa y a confesarse con él, además de insinuársele con autentico descaro.
Todas acudían a él, salvo ella. Esa mujer a la que sólo veía un rato por las mañanas pero que había conseguido que su vocación se convirtiera en una autentica pesadilla.

Habían transcurrido ya varios meses cuando la Navidad llegó. Micaela estaba absorbida por el trabajo y los estudios, casi no se daba respiros para descansar y mucho menos para divertirte, había dejado de tener inútiles citas con hombres… pero todo ello era por aquel hombre que la hacía perder la cabeza.
La gente de la Iglesia había organizado una magnifica cena para celebrar la Navidad y la pronta llegada del nuevo año.
Micaela acudió con un sexy pero muy discreto vestido de color rojo carmesí, en palabra de honor y corto hasta por encima de las rodillas. Era sencillo, pero le quedaba tan perfecto que podía levantar suspiros incluso entre las mujeres.
Al entrar al salón donde se haría la cena nadie se giró a mirarla, no llamaba demasiado la atención, pero a él no le pasó por desapercibido su llegada. Se quedó mirándola, con sus ojos azules clavados en su magnífico cuerpo.
Ella notó como un par de ojos se centraban en ella y los vio, sus miradas se cruzaron en ese preciso instante en que él la devorada con su cristalina mirada.
Micaela se acercó a saludar y se estremeció cuando los labios del Padre tocaron sus mejillas. Sintió como la electricidad atravesaba su cuerpo y se instalaba en el centro de su ser.

La cena fue increíble, se divirtió como hacía tiempo que no lo hacía. Recibió muchos halagos por su vestido y más aún porque al final había acabado su carrera, lo cual significada que en breve dejaría de trabajar en la iglesia para trabajar de lo suyo.
Al cura se le compungió el corazón al saberse lejos de aquella mujer, sin poder verla cada mañana y disfrutar de su precioso aroma a fresas.
―Micaela ―gritó aquella voz aterciopelada ―. Espera.
Ella se giró lentamente y allí estaba él, con su traje oscuro, su camisa blanca y su pelo rubio ondeando en el aire, dedicándole ráfagas de su colonia varonil.
―Dígame, Padre.
―Leonardo ―ella se quedó con cara de no entenderlo―, llámame Leonardo por favor. O Leo, si lo prefieres ―ella seguía mirándolo perpleja, sin entender porque él había corrido hasta ella mientras se iba a casa ―. Estaba pensando, si no te molesta, en acompañarte a casa. Ya sabes, es tarde y no hay mucha gente por aquí hoy.
―Tranquilo, Pad… Leonardo ―se corrigió de inmediato―. Estoy acostumbrada a caminar sola por estas calles, no hay peligro. Gracias igualmente.
Leonardo sintió una punzada en el corazón por el rechazo ― ¿Aún así me permitirías que te acompañe?
―Claro, hay una noche hermosa para caminar.
Estuvieron un largo rato sin decir nada, como si ninguno se atreviera a romper el cómodo silencio, con miedo a decir algo que arruinara el momento en que tanto disfrutaban de la compañía del otro.
Finalmente fue él quien interrumpió el silencio.
―Así que en breve nos dejaras. Me alegra mucho que por fin acabarás tu carrera, pero he de decirte que echaré en falta tu presencia matinal ―¿de verdad había dicho aquello?. Se odiaba por haberle confesado algo tan íntimo y tan… verdadero. Se sintió furioso consigo mismo y también con la mujer que le hacía perder la poca cordura que quedaba en él.
―Aún me queda un tiempo de dar guerra por aquí, al menos hasta que consiga un trabajo como peluquera.
―La verdad es que yo estoy necesitando un corte de pelo ¿Qué te parece pasarte mañana a cortarme el pelo?
―Estooo… claro, no hay problema.
Micaela notaba como la mirada de Leonardo la quemaba desde fuera hacia dentro, sentía las llamas de su infierno personal e intimo. Detestaba sentir aquello por un hombre que jamás podría… se sacudió la cabeza para alejar esas absurdas ideas.
―Bueno, hemos llegado. Gracias por haberme acompañado.
―Un placer. Te espero mañana sobre las siete de la tarde ¿te parece bien?
―Sí, perfecto.
Él se acercó y le dio un beso breve en la comisura de la boca. Ella contuvo el aliento estoicamente mientras el corazón le latía con fuerza y su sexo se humedecía con impaciencia.

Por la noche volvió a tener el sueño que tanto la atormentaba. Nuevamente se despertó empapada en sudor y en su propio placer. El beso que el Padre Leonardo le había dado sólo consiguió volverla aún más loca. La novedad es que ahora sabía su nombre y que por primera vez se despertó por el grito de su nombre.
Sabía que no era una buena idea que fuese a cortarle el pelo en la intimidad de su casa, pero ya le había dicho que si y unos euros extras le vendrían de maravillas.
El día le pasó tan rápido que por poco llega tarde a la casa de Leonardo, que difícil y sencillo a la vez se le hacía llamarlo por su nombre. Sencillo porque ansiaba gritar su nombre mientras él le hacía el amor en sus sueños. Difícil porque mientras lo llamaba Padre le parecía más… intocable e imposible, lo cual facilitaba la tarea de quitárselo de la cabeza, aunque en todos esos meses no lo consiguiera.
Golpeó la puerta con tres suaves toques y él abrió de inmediato; llevaba unos pantalones vaqueros y una camisa a cuadros, así vestido a Micaela se le olvidaba fácilmente que se trataba de un hombre religioso y que hacia celibato.
―Hola, Leonardo.
―Hola. Pasa que estará helada ahí fuera ―lo cierto era que estaba helada hasta el momento en que lo vio, que su temperatura corporal subió, rompiendo todos sus termostatos.
Le corto el pelo con rapidez y agilidad, dejándolo maravillado con el tacto de sus suaves manos femeninas.
Estuvieron charlando un rato hasta que ella decidió que lo mejor era irse, era ya la hora de la cena.
― ¿Por qué no te quedas a cenar conmigo? Es aburrido cenar siempre solo y algo de compañía estaría genial.
―Yo no quiero molestarte.
―Desde luego que no me molestas, estaré encantado.
Mientras él hacía la cena ella se acercó a la cocina ― ¿Puedo ayudarte con algo? ― preguntó con cierta timidez.
―Tranquila, tengo todo controlado ―se acercó a la cocina y le estiró una lata de refresco― ¿prefieres vino?
―No, no bebo. Un refresco está bien. Gracias.
Sus manos hicieron contacto y la electricidad hizo estragos en los cuerpos de ambos. El dejó su mano en la de ella, saboreando ese mágico momento.
Micaela cerró los ojos al tiempo que Leonardo la acercaba a su cuerpo y le daba un beso en los labios, un beso cargado de deseo.
―Yo…  es mejor que me vaya ―dijo Micaela apartándose abruptamente.
―Lo siento. Por favor, no te vayas.
―Será lo mejor.
―He sido un imbécil al creer que tu… al hacer esto, lo siento de verdad.
―Está bien, no pasa nada, es solo que yo ―no sabía cómo expresarse, no hallaba las palabras correctas―… no sé durante cuánto tiempo podría contenerme.
Él clavo sus ojos color cielo en las dos suaves esmeraldas de Micaela. Se acercó con pasos firmes, pero cautelosos. La tomó por la cintura, haciéndola estremecer y le dio un beso urgente.
―Esto no está bien ―pudo decir ella, aún pegada a sus labios.
El beso se hizo más urgente, lujurioso y con una vehemencia extrema.
Micaela enlazó sus manos al fino cuello del hombre que tantas noches le había robado los sueños. Esas manos con las que tanto había soñado eran las que ahora tocaban su espina dorsal.
―No te imaginas cuanto te deseo, Micaela. Me odio por sentir esto, pero es algo que ya no puedo parar ni negar, tampoco quiero hacerlo.
Las manos de Leonardo se pegaron al trasero de ella, con unas caricias propias de un amante experto y la ternura de un hombre dulce y tierno.
Ella se iba humedeciendo cada vez más y la cosa empeoró cuando él tocó sus pechos. Quitó su camiseta por encima de la cabeza, dejando los pechos al descubierto.
Su lengua jugó con el pezón endurecido de aquella mujer a la que tanto deseaba. Sus manos recorrían el cuerpo con impaciencia y su miembro estaba tan duro como una lanza, preparado para la lucha que tendría lugar.
La levantó poniéndola sobre sus caderas y ella entrelazó sus piernas. Sin dejar de besarla ni un segundo la llevó hasta su habitación, dónde una cama para dos los estaba esperando; una cama en la que él tantas noches había soñado con poseerla.
La tumbó sobre los aposentos; la desnudo con suma tranquilidad, disfrutando cada centímetro de ese perfecto cuerpo de mujer.
Micaela se incorporó un poco, lo justo para quedar lo suficientemente cerca y desabrocharle los pantalones. Quedó maravillada cuando vio la virilidad que ese hombre ocultaba bajo sus pantalones y normalmente bajo esa indeseada sotana religiosa.
Delineó sus abdominales con manos temblorosas. Él se tumbó sobre ella con un cuidado que sólo demostraba el amor que le profesada en silencio desde hacía meses a esa joven.
Besó su cuello, sus pechos y bajó hasta su ombligo ―Que Dios se apiadará de su alma ―pensó Leonardo para sí. Dibujo la forma del ombligo con su lengua, jugando con el piercing que ella llevaba ahí.
Esa lengua de fuego siguió el camino hasta la parte más íntima y femenina de Micaela. Dio húmedos lametazos, haciendo las delicias de ella.
La chica arqueaba su cintura, le amarraba el pelo pegándolo más a su sexo húmedo y caliente.
Subió nuevamente con su lengua y le depositó finos besos en el lóbulo de la oreja ―eres exquisita― susurró en su oído. Con una mano le masajeaba el clítoris.
Ella tomó su virilidad con ambas manos, subiendo y bajando en lánguidos movimientos. Leonardo gemía ―Micaela― y ella aceleraba el ritmo.
Él no aguantó más la tortura de tenerla tan cerca y no estar dentro. La besó en la boca, sus lenguas danzaron durante largos segundos.
Sin perder el beso, con total calma él la penetró… llevando su miembro hasta lo más profundo del ser de su amante.
Ella movía las caderas, impaciente por más, deseando que aquel pene se quedará por siempre en su cuerpo, desarmando todo aquello que conocía de las artes del amor.
Leonardo se quedó entre los muslos de ella durante unos dulces minutos en los que su pelvis no paró de moverse hasta que por fin los fluidos de ambos se unieron en total armonía.
Cayeron rendido en la cama, agotados y empapados de sudor.
Él la cobijó en sus brazos y así se durmieron ―Que Dios los ayudará a partir de ahora―.




martes, 24 de abril de 2012

Relato sin título... Jud


Hola perversos; hoy hemos llegado a los 300 seguidores en el blog y lo prometido es deuda, acá les traigo algo muy especial para mí. Como algunos sabrán, estoy escribiendo una nueva novela y esta es una breve muestra de lo que voy a traerles; espero que les guste y no dejen de pensar en Sol e Ivanov jeje



Caminaron en silencio hasta el circo; no volvieron a mirarse ni rozarse, sabían que no podrían evitar lo inevitable. De sus gargantas no salía sonido alguno, ambos la notaban reseca.
No había nadie cerca de la caravana que Ivanov compartía con su hermana y él sabía que Anielka no estaría. Entraron en un silencio que seguía siendo cómodo, las palabras sobraban y las miradas también, sólo había bastado una para que todos los cables quedaran fritos.

Ivanov cerró la puerta tras de sí, atrapó a Sol entre la pared y su cuerpo; puso una mano en cada costado para no dejarla escapar. La miró de soslayo, y ella se desarmó entera. Ambos sabían que estaban en el punto de no retorno. Seguían sin hablar, sin apenas mirarse, seguía sin hacer falta.
A medida que sus labios se acercaban a aquel delicioso cuello la boca se le resecaba, notaba el fuego encendiéndole las cuerdas vocales y en cuanto entró en contacto con la piel suave y sedosa, su lengua quiso saborearla. El pantalón de vestir se convirtió en una prisión para su erecto miembro.
Un escalofrío se apoderó de Sol cuando esos labios rosaron su piel y la lengua hizo añicos todas las ideas que ella tenía en mente para escapar de aquella situación en la que desde que lo vio por primera vez supo que no quería estar.

Era una locura, ambos lo sabían; ¿Qué más daba?
Pasó la punta de la lengua desde el lóbulo de la oreja, bajando hacía el hueco entre el cuello y el hombro. Acomodó allí su boca, la entornó y devoró esa piel que se erizaba. Sus manos seguían clavadas a la pared, como si alguna fuerza sobrenatural le impidiera hacer otra cosa; tampoco sus pies se movían.

Las piernas de ella temblaban de manera imperceptible para él, pero ella era plenamente consciente, aún así no conseguía impedirlo y eso la hacía sentir estúpida. Esa boca la estaba devorando, esos besos la consumían, ese cuerpo que tenía en frente la estaba quemando.
Sus manos por fin respondieron, y se ciñeron al trasero de Ivanov, acercando su evidente erección a su estómago; ahora sí las piernas le temblaron, creyó caerse. Justo a tiempo las manos de él también recobraron la vida; la sujetó fuertemente por la cintura, la pegó a él con fuerza.
Su miembro palpitaba dentro de aquella prisión de tela, anhelaba el contacto de esa chica; deseaba saborear todo su cuerpo, poseerle y tenerla sólo para él. Dando tumbos, caminaron hacia la pequeña habitación de Ivanov. Sus bocas permanecían cerradas, una sobre la otra; besando y saboreando.
Se deshicieron de la ropa que cubría sus cuerpos, ardientes de pasión. Cuando las yemas de los dedos de Ivanov tocaron el turgente pecho de Sol, la habitación se cargó de un calor asfixiante. Atrapó el pezón entre sus dedos, lo apretó con delicadeza, y éste se puso aún más duro. La joven comenzó a respirar con dificultad y ver como ese pecho se elevaba terminó por dejar a su cerebro en un segundo plano.

Abrió las piernas de Sol y se posó entre aquellos suaves muslos. Clavó sus ojos azules, felinos y vidriosos en los de ella, lujuriosos y embriagados, y de una sola estocada la penetró hasta lo más hondo de su ser, hasta donde nadie había llegado.
Sol sintió que con aquella embestida, Ivanov, llegaba tan lejos que tocaba su alma y se calaba en su corazón. En ese mismo instante, ella comprendió que sería difícil sacarlo de ese sitio donde él parecía estar tan cómodo.

Ivanov pudo notar la conexión que sus cuerpos, mentes y sobre todo, sus almas estaban llevando a cabo justo en el instante en que aceleró el ritmo de su bombeo; pero obvio eso para más tarde, ya tendría tiempo de pensar en aquello.
Ivanov paró para poder sentarse en la cama, Sol se sentó sobre su virilidad; subiendo y bajando por toda su extensión, disfrutando de la sensación que le perpetraba. Él tomó su rostro con ambas manos y la obligó a sostenerle la mirada mientras un orgasmo intenso y demoledor los obligaba a acelerar el ritmo, a ceñirse más al cuerpo del otro.


Sol se despertó cuando el astro rey ya casi se estaba ocultando; no solía quedarse tan dormida, pero la sensación de paz que sintió junto a ese desconocido la hizo perderse en un mar de sensaciones.
Se levantó apenas haciendo ruido, recogió la ropa y se fue vistiendo. No quería  despedirse, no podía hacerlo. Lo miró, dormía despatarrado; con su pecho desnudo, elevándose por su pausada respiración.




viernes, 23 de marzo de 2012

Doble o nada.... Jud


Estaba muerto de cansancio, llevaba hora en un torneo de tenis y ni siquiera me quedé a ducharme, sólo quería llegar pronto a casa y disfrutar de un relajante baño; descansar un rato y después salir a tomar algo… aunque siempre acababa igual: Acostándome a las tantas y borracho, pero merecía la pena; con suerte conocería  a alguna mujercita que llenara mi cama.

Dejé la bolsa de deporte en el suelo mientras encendía las luces, tiré las zapatillas en el camino y me encaminé al baño. Puse un poco de música en el Iphone y abrí el agua de la ducha, sólo con verla entraba en modo relax.
Salí de la ducha y envolviéndome en una toalla blanca me dispuse a ir a mi habitación. Casi me da un ataque cuando la vi en mi cama; a ella, la mujer con la que llevaba meses hablando y ocupada cada uno de mis pensamientos, cada uno de mis sueños y deseos más profundos. Apenas podía tragar saliva, sentía la garganta seca como un pantano en pleno verano.
¾Pensé que me quedaría dormida antes de que llegaras –se acercó a mí con un sensual meneo de caderas. Si vestida me calentaba así, tenerla desnuda…
¾ ¿Cuándo llegaste, Gaby? Pensé que era mañana.
¾Adelanté mi vuelo, quería darte una sorpresa y veo que lo hice –clavó sus ojos en mi entrepierna y me sentí avergonzado por la terrible erección que tenía.
¾ ¿Y qué tal el viaje?
No sé porque hice aquella absurda pregunta, parecía un imbécil y encima tartamudeaba. Fueron tantas las veces que hablamos acerca de qué pasaría cuando nos juntáramos, que ahora que la tenía enfrente estaba paralizado como una marmota; anclado al suelo cual barco en su puerto.
Sus ojos se clavaron en los míos, los entornó y levantó su cabeza para darme dos besos. Giré el rostro y pude notar sus labios rozando los míos. Ella se separó, apenas unos centímetros, los justos para que pudiera devorarla con la mirada, y ella leer mis intenciones en un sencillo gesto. Nos atraíamos, negarlo era absurdo ¿Qué más da la diferencia de edad y los kilómetros que nos separan.
¾A la mierda –susurré y rodeé su delicada cintura con mis brazos, me apoderé de su boca como un ladrón. Un enorme placer me recorrió al comprobar que no me negaba aquel beso. Abrió para mí su boca, acarició con la lengua mi labio inferior y mi erección se tensó aún más. La apreté lo más que pude contra mí, quería que notara lo duro que estaba.
Desabroché el primer botón de su vaquero, muy despacio; no quería llevarle el chasco de mi vida y que huyera de mí. Al comprobar que seguía receptiva continué, bajando la cremallera y haciéndole una leve caricia por su abdomen.
¾Moría de ganas por estar así, junto a ti ¾susurró en mi oído.
¾Eres hermosa, Gaby… podría estar hora mirándote –ella se sonrojó y yo estallé en una sonora carcajada¾. No me digas que ahora vas a salir con que te da vergüenza.
¾No es que me dé vergüenza… o sí… es sólo que imaginé tantas veces esto cuando hablábamos por Wathsapp, que ahora es como que… No me mires así, Carlos.
¾ ¿Qué no te mire cómo?
¾Así, como si estuviese mal de la cabeza…
Puse un dedo sobre sus hermosos labios y le dije¾: En realidad el que está mal de la cabeza soy yo y es por tu culpa.
Volví a poseer su boca, esta vez con más brío; si algo pretendía era que viera hasta que punto me gustaba y quería que fuera mía, sólo mía.
Levanté su camiseta, esta vez me dejé la lentitud por el camino, estaba ansioso por verla desnuda, por hacerla mía. Me estaba poniendo enfermo, ella me desquiciaba de placer y sin hacer nada siquiera.
Acaricié sus pechos por encima del sujetador y con el dedo índice me deleité con el tacto de esos grandiosos senos que llenaban el sujetador. Acerqué mi boca, reseca, y apartando un poco la maldita tela que los cubría, decidí probarlos. Sabían a gloria divina, a pecado mortal. Atrapé el oscuro y duro pezón entre mis dientes, le di un mordisco leve, lo justo para que se le pusiera la piel de gallina y todo sus músculos se tensaran.
Deshizo el nudo de mi toalla y en sus ojos pude ver el fuego con el que atravesaba mi virilidad, dura como una estaca.
¾Guau –ronroneó a la vez que, inconscientemente se relamía los labios. Mi pene palpitaba y se erguía más y más.
¾ ¡No sabes cuánto te deseo!
¾Puedo intuirlo, Cuchi  -eso me hizo reír, y acabar con mi paciencia.
Le bajé el pantalón junto a su divino tanguita, arranqué el puñetero sujetador que me impedía ver esas cumbres asombrosas y la tumbé sobre la cama y la miré con hambre. Me recosté sobre su cuerpo, tocando cada milímetro del suyo, adorando sus formas.
Sus piernas se abrieron, me acomodé entre sus muslos y sin más esperas la penetré, impaciente y deseoso. Ahogó su grito en mi cuello, haciéndome estremecer. Sus piernas rodeaban mi cadera, me empujaban para ir hasta el infinito; tiritábamos de placer.
¾Carli –gritó, rasgando el silencio que se había instalado en la habitación.
Nuestras respiraciones, agitadas, eran la banda sonora perfecta. Sus jadeos conseguían que cada embestida fuese más potente que la anterior; me sentía insaciable, adicto a ese cuerpo maravilloso, a aquella cueva húmeda que abría sus pliegues para mí.
Se giró de manera brusca, sin que yo pudiera hacer nada para evitarlo. Se sentó a horcajadas y me cabalgo como la mejor de los jinetes.  Sus pechos, para mi deleite, se mecían sin cesar, bailando al ritmo de sus gemidos; los atrapé, abarcándolos con ambas manos y estrujándolos entre mis dedos, temblorosos por el deseo.
¾Eres lo más hermoso que he visto en mi vida –ella me dedicó una mirada felina.
Empezó un frenético golpe de cadera sobre mi pene, subía y bajaba, una y otra vez. Se recostó sobre mi pecho y frotó su clítoris por mi pelvis, sin dejar de menear sus caderas. Pude notar como su éxtasis estaba ahí, a punto de estallar. Aceleró hasta una velocidad inconcebible y decidí volver a ponerme encima de ella.
La embestí con todas las fuerzas que me quedaban, entre y salí, una y otra vez. Cerró los ojos con fuerza y volvió a abrirlos, me miró con una pasión infinita que me desarmó. La besé.
Mi miembro palpitaba insistentemente, quería descargar toda mi sexualidad dentro de ella. Sin dejar de besarla fui pausando mis estocadas y derramando gota a gota todo mi amor, dentro de su cuerpo.
¾Es la… primera vez… en toda mi vida… que tengo un… orgasmo así…
¾Y yo –logré decir.